miércoles, 23 de diciembre de 2015

Las últimas almas libres


Tenía que pasar tarde o temprano, y además debía suceder de buena mañana en un día laborable. Aunque era lo más previsible, hubo quien lo achacó a la mala suerte.
El engranaje de transporte privado motorizado colapsó exactamente a las 8:48, hora peninsular. Justo en el momento en el que el empleado de una papelería de la ciudad se incorporaba desde su garaje particular a la fila de coches que tenía en frente de casa para desplazarse a su lugar de trabajo, a medio kilómetro de distancia. Una vez metido entre el tráfico, ya no hubo vehículo que avanzara ni retrocediera. El Sistema de Conducción Automática que cada usuario tenía instalado y que permitía que se sincronizaran los vehículos para moverse de un lugar a otro sin tocarse, ya no encontraba el espacio suficiente en toda la urbe para la maniobrabilidad de los autos. Hasta la llegada de esa fatídica mañana, por muy saturadas que parecieran las calles, los turismos siempre hallaban el hueco necesario al cambiar de carril o incorporarse a otra vía. Aunque para ello, era imprescindible la ayuda del resto de usuarios de la localidad, que de un modo rigurosamente calculado, reducían la distancia entre sí hasta dejar libre el espacio exacto para permitir la maniobra. Desde las alturas, el ver dos filas de coches uniéndose en un mismo destino, hacía recordar el mecanismo de una cremallera. Y todo sin que llegara nadie a pararse por completo. El tráfico en hora punta consistía en una masa de vehículos sin principio ni fin que, comportándose como un ente vivo, en perpetuo movimiento, rodeaba la metrópoli y penetraba en sus entrañas a través de una compleja maraña de carreteras.
Todo andaba en orden hasta la mañana en que el trabajador de la papelería puso un coche de más sobre el asfalto e hizo físicamente imposible que la circulación continuara su curso. Aunque no sería justo culpar a aquel joven. Fue él como pudo haber sido cualquier otro. En realidad, el problema empezaba la tarde anterior al otro extremo de la ciudad, cuando un banquero regalaba un coche a su hija por su cumpleaños y ésta decidía estrenarlo yendo a comprar tabaco al empezar el día. El último coche que se compró antes de ese, era el último coche que podía aceptar el tránsito, y es algo que nadie había podido vaticinar. Incluso ya con las carreteras atestadas de vehículos paralizados, tardaron en sospechar que el problema era que habías más coches de los que cabían. La primera hipótesis era que el Sistema de Conducción Automática se había averiado de algún modo. Cuando descartaron esta opción y se dieron cuenta de la causa del caos, actuaron con rapidez y eficacia. El ayuntamiento buscó al habitante al que presuntamente menos tiempo le quedaba por disfrutar al volante y le expropiaron de inmediato su medio de transporte. No era más que un septuagenario que, como cada día, disfrutaba de su paseo matutino. Al momento, fueron desplazados hasta allí los bomberos, que al igual que el resto de vehículos de emergencia, sólo podían desplazarse por vía aérea. El Seat fue desguazado ahí mismo, en medio de la calle, ante la triste mirada del anciano, y una vez fue retirado pieza por pieza ese coche de más, la rutina continuó sin ningún otro percance. Pero quedaba el impacto social que suponía haber despojado a un ciudadano de su Derecho Inviolable a la Conducción Motorizada. Los vecinos habían quedado abrumados ante la posibilidad de que se tuviera que volver a recurrir a una medida tan dramática y radical. Podía pasar en cualquier momento porque en cualquier momento alguien podía comprar un coche nuevo.
De modo que el concejal de movilidad mandó reunirse de urgencia a las asociaciones de los medios de locomoción más importantes de la ciudad para abordar el tema. La Sociedad de Deportivos Descapotables, la Asociación de Taxis Diesel, Amigos del Monovolumen, Todoterrenos Sin Fronteras y No Sin Mi Mini entre otros, lograron dejar a un lado sus múltiples diferencias para discutir las posibles soluciones. Ni tan siquiera se planteó la idea de impedir que alguien más comprara un coche. Y es que el Derecho Inviolable a la Conducción Motorizada ya había sufrido suficiente agravio cuando incautaron el vehículo de aquel señor mayor. Era evidente que la única solución era crear más espacio para que cupieran más coches, pero ¿de dónde iban a sacarlo?. El asfalto ya había devorado parques, plazas y glorietas; no quedaban semáforos porque había sido eliminado hasta el último cruce al mismo nivel; no había árboles, bancos, buzones ni papeleras en la acera por la sencilla razón de que apenas había acera en la que ubicarlos. Los viandantes habían terminado por aceptar que desplazarse en coche era más cómodo y rápido que hacerlo a pie y habían permitido indolentemente que las zonas peatonales sucumbieran ante las necesidades reales de la gente. Igualmente, el transporte público había cedido ante la misma lógica. ¿Quién puede querer entrar en un metro o bus habiendo una opción más barata y confortable? ¡Es de locos! Porque cabe recordar que, aunque pudiera parecer opresivo ver las calles abarrotadas en hora punta, cada conductor, dentro de su automóvil, gozaba de un amplio e íntimo espacio para él solo. Por esa razón, también los túneles del metro habían sido reutilizados en favor del engranaje automovilístico y eran ahora un extenso parking. Era imprescindible, debido a que para asegurarle más espacio al tráfico rodado, se había prohibido el aparcamiento al aire libre y cada coche que no estuviera en movimiento debía estar en un parking o garaje. Para ello, a parte de los túneles del metro, toda casa, empresa o pequeño negocio requería de varias plazas para automóvil.

Una veintena de hombres rechonchos se sentaba en torno a una mesa redonda.

- Os veo bien a todos- dijo el concejal con una amplia sonrisa -especialmente a ti.

- Otro como mi mujer, yo no me veo tan mal- respondió el aludido, presidente de Todoterrenos sin Fronteras.

- Dentro de poco no cabrás dentro de tu Nissan- observó el representante de la Sociedad de Deportivos Descapotables.

- Pues me compraré otro más grande- contestó.

Todos rieron.

- Tíos, no os distraigáis. Debemos arreglar la situación- advirtió un hombre con una chapa de la Asociación de Taxis a Gasolina en la camisa.

- Por primera vez voy a estar de acuerdo con este señor- dijo su homólogo de la Asociación de Taxis Diesel. -Pongámonos serios. ¿No podemos construir carreteras encima de otras?

- No hay dinero suficiente para una infraestructura de ese calibre. De todas formas, urgen soluciones más inmediatas.

- Pues hay que tirar casas abajo, no hay otro modo de ensanchar las calles- la idea del presidente de Amigos del Monovolumen fue escuchada y considerada por todos.

- ¡Oh, espera! ¿Esto qué es?- el delegado de No Sin Mi Mini, estudiaba con interés el plano de la ciudad.

El resto de los hombres se inclinaron sobre el mapa y pudieron apreciar una pequeña línea que discurría por toda urbe en paralelo a las carreteras. En contraste con el ancho de la calzada y sus 8 carriles para cada sentido, aquel pequeño hilo, resultaba casi imperceptible. ¿Qué diantres es eso?, pensaron los 20 conductores simultáneamente. Acto seguido, bajaron a la calle para verificar que lo que se veía en los planos no era un error de imprenta y, efectivamente, ahí estaba. Entre la extensa calzada y la exigua acera, había algo que no era ni calzada ni acera. Un trozo de suelo pintado de verde al mismo nivel que la carretera, limitado por un bordillo a cada lado y que no llegaba al metro y medio de anchura. Ninguno de los 20 caballeros había reparado antes en ella a pesar de tenerla a centímetros de la fachada de sus viviendas, y es que no suele fijarse en el suelo que pisa quien lo hace sobre cuatro ruedas. Rara vez salían a pie por la puerta de sus casas.
Estuvieron en el exterior el tiempo justo para mirar a un lado y a otro, observar que la extraña vía sin aparente utilidad se extendía hasta más allá de donde la niebla pardusca permitía ver y sentenciar que sumando ese trozo de suelo al que, según los planos, debía haber al otro lado de la calle, habría espacio suficiente para un carril más que aliviara en tránsito.
La decisión fue unánime, los 19 representantes de los distintos tipos de transporte ordenaron al señor concejal que iniciara los trámites para hacer buen uso de ese espacio vacío y 24 horas más tarde, habría desaparecido por completo.

Si hubiesen permanecido tan sólo 30 segundos más al aire libre, hubiesen podido ver una sigilosa sombra atravesando la insalubre neblina, y de no haberla visto, ésta les hubiese alertado de su presencia con el agudo tintineo metálico de un timbre. Y de haber estado más tiempo todavía, habrían observado que esos fantasmas silenciosos pasaban por delante de sus casas con relativa regularidad. Desde que años atrás, fuesen expulsados de la calzada por el bien del tráfico y recluidos a ambos bordes de la carretera, se habían convertido en almas libres e independientes del resto de vehículos, lo cual los dejó exentos de los problemas que produjo el Día del Caos. Sin hacer demasiado ruido, sin llamar la atención de los conductores, disfrutaban del único transporte que seguía siendo más rápido y barato que el coche y que, por lo tanto, no se había rendido todavía a la lógica de la maquinaria automovilística. No es seguro que el encontrar una bicicleta pasando ante sus ojos hubiese hecho cambiar de idea a aquellos 20 hombres, pero quizás al menos, al ver las calles desde otro punto de vista, se hubiese implantado en ellos la semilla de un futuro diferente.
Al día siguiente, no volvería a pasar el mismo ciclista por allí. Ni el mismo ni ningún otro. Definitivamente, se habrían visto obligados a sacar otro coche a la calzada para unirse a esa conga infinita.
Algunos años más tarde, la ciudad volvería a tener el mismo problema, esta vez sin una solución tan fácil. Iban a necesitar entonces una revelación, que se replantearse el Derecho Inviolable a la Conducción Motorizada, que alguien salvara a la sociedad de sí misma con una simple pregunta: ¿Y si no necesitamos más espacio, sino menos coches? Esa pregunta tan sencilla y certera era lo único que hacía falta, pero para entonces ya no quedaría un alma libre que la hiciera.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Sotaterra - l'Heroi

 
“El agua se encontraba más tranquila de lo que era habitual a esas horas de la tarde y se extendía hacia el horizonte como una sábana recién planchada. Y él nadaba plácidamente, como alguien empeñado en alterar lo menos posible la serenidad de la superficie. Avanzaba a través del mar irisado formando suaves ondas a su alrededor, con la serenidad y convicción que da el saber querápido se me apretoOó… y me gusta tanto cuando se pega, ¡pega!”

El joven pasajero levantó la vista del libro para averiguar qué había interrumpido su lectura. Acababa de cruzar la puerta un individuo corpulento, con un cigarrillo a medio fumar en la oreja y desnudo de cintura para arriba. La camiseta que debía cubrirle el torso colgaba despreocupadamente de su hombro. Se acercó haciendo sonar sus chanclas en el suelo y se acomodó a una distancia de dos asientos vacíos. Por lo visto, dicho individuo, no veía necesario el uso de auriculares a la hora de escuchar música. De tal manera que convertía a todos los que le rodeaban en involuntario público de su serenata. Nuestro protagonista trató de centrarse de nuevo en la novela que tenía entre las manos pero por encima de las palabras que su mente iba interpretando, se alzaba el metálico sonido del teléfono móvil de su vecino. Nadie dijo ni hizo nada para acabar con aquella falta de respeto. Había más gente allí dentro, no podía ser que a nadie más le resultara molesto. Frustrado, pensó en una fácil solución a su problema: desplazarse hasta otro punto del vagón. Allá donde la música de aquel energúmeno no pudiera incomodarlo. Pero en lugar de ello hizo algo que no habría osado hacer de no encontrarse tan furioso. Se acercó aún más a la fuente de su enfado. Justo al lado. Tocando muslo con muslo. Toda una provocación hacia alguien que, aparentemente, tendría las de ganar si el encuentro pasaba a mayores. Nuestro héroe abrió de nuevo el libro y habló dirigiéndose directamente a su antagonista.

            - Mientras nadaba, sólo pensaba en ella. En sus suaves muslos, en su piel color canela, en el lunar al borde el ombligo…

            Fue alzando la voz para imponerla sobre la irritante música, y la alzó más aún para acallar las réplicas de su oyente, que no se encontraba preparado para tal contrariedad.

- Subió las escaleras con la misma parsimonia con la que había llegado nadando. En su rostro de mirada ausente se dibujaba una sonrisa bobalicona.

Los boquerones frescos recién comprados de la mujer sentada en frente ayudaban a proyectar lo que leía.

- Quizá, de no encontrarse tan absorto, hubiera advertido las sutiles señales que presagiaban un final trágico.

El destinatario del relato levantó sus gafas de sol, aún incrédulo, para observar mejor a su rival.

– Se dirigió a proa mirando hacia la costa esquivando sin querer los retazos de una camiseta desgarrada.

Le pareció escuchar ahí fuera, graznidos de gaviota.

- Abrió los brazos y cerró los ojos para sentirse envuelto por aquel aire tan mediterráneo.

Olía el mar y casi sentía el agua salada en a boca.

- Tardó unos minutos en descubrir que algo no iba a bien. Esperaba verla nadando cerca de allí pero no conseguía encontrarla.

De pronto se dio cuenta de que la música había parado de sonar. Lo cual no le parecía una buena señal. Había olvidado que estaba leyendo en voz alta para importunar a un ser hostil.

-No está, ¿dónde puede haber ido?, dijo en voz alta.

No levantaba la cabeza del libro pero notaba la dura mirada de su oponente clavada en él.

– La esperó sentado mirando hacia la orilla hasta que vio caer el sol…

A cada palabra que pronunciaba, notaba crecer la tensión en el ambiente

-…y concluyó entonces que habían estado jugando con él. Aquello era algún tipo de broma pesada.

Sentía que la agresión física directa era ya una opción más que plausible

-Estaba a punto de volver cuando escuchó un sonido proveniente de la cabina.

El golpe parecía inminente, pero no desistió.

-Algo había caído.

Se le quebraba la voz. Se esfumaba el valor reunido por la rabia y empezaba a ver aquello como un sinsentido.

- Se acercó hasta allí con paso precavido…

Aunque empezaba a amilanarse, no paró de leer.

- … y al llegar, la vio.

Entrecerraba los ojos cada vez que intuía un movimiento brusco

- O mejor dicho, vio sus pies, descalzo uno de ellos, que colgaban inertes a un metro del suelo.

Aquello no había sido una buena idea.

- No se atrevió a mirar arriba, no quería ver su cara hinchada y azul.

Fue entonces, cuando ya tenía la certeza de que aquello no iba a acabar nada bien, cuando escuchó anunciarse su parada y recobró el valor perdido

- Un ligero balanceo le hizo suponer que alguien subía a bordo. Se quedó en silencio.

Gesticulaba con una mano mientras agarraba el libro con la otra.

- El sonido de unos pasos confirmaron que había otra persona en la embarcación. Buscó alrededor suyo algo con lo que poder defenderse de quien quiera que estuviese ahí fuera. Tenía en la mano la zapatilla que había caído del cuerpo sin vida de la muchacha cuando apareció por el marco de la puerta…

Y antes de terminar esta frase, se detuvo el metro, y el muchacho no perdió tiempo en cerrar el libro, levantarse y salir al calor sofocante y la seguridad que del andén.

Su adversario se puso en pie, caminó tras él y lo detuvo con un bramido.

- ¿Y luego qué? - dijo sin llegar atravesar la puerta.

- ¿Cómo? – Respondió desconcertado.

- ¿Qué le pasó al chaval?

            Como respuesta vio cómo la mueca de terror de aquel héroe anónimo se transformaba paulatinamente en una pícara sonrisa al tiempo que las puertas se cerraban.

sábado, 11 de julio de 2015

Vuelve a llover comida

Ahí está otra vez. Aparece cada noche al otro lado de ese sólido muro invisible y no hace nada más que mirarme en silencio. No pestañea, no se acerca ni dice nada, sólo me mira. Hoy he decidido acabar con esto. Le grito algo desde la distancia y la única respuesta que sale de su boca es un simultaneo burbujeo. ¿Se está mofando? Sí, es claramente una provocación. Voy a por él, esto no va a quedar así. Él también se aproxima. Ahora que te tengo más cerca no veo más que odio en tus ojos. De pronto llega la luz del día y el muycobarde desaparece. Quien será ese mequetrefe y qué querrá de mí. Dejaré esta trifulca para más tarde, es hora de almorzar. Vuelve a llover comida.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Simbiosis


Nací aquí mismo hace ya algunos años aunque no sabría decir exactamente cuántos. Sí puedo decir que soy lo suficientemente madura como para ser tomada en serio. He crecido y me he curtido en mil batallas y todo esto debo agradecérselo a mi más fiel compañero, quien a pesar de la opinión pública, se negó desde un principio a desprenderse de mí. Como sin duda habréis adivinado, soy una barba. Una barba afortunada. Hoy corren buenos tiempos para nosotras porque ya no estamos tan mal vistas, de hecho casi se nos podría considerar una plaga. Eso sí, me entristece cruzarme con alguna camarada que ha tenido la desgracia de nacer pegado a uno de esos tipos de gafas anchas y camiseta de cuadros, y saber que su existencia será mucho más efímera que la mía. Por supuesto que entre mi colega y yo también hemos tenido algún que otro rifi-rafe, sobretodo por temas de comida. Yo es que veo un plato de sopa y me tengo que meter dentro. Me encanta, no lo puedo evitar. Pero la cosa nunca pasa a mayores. Al decir verdad no creo que fuese posible una ruptura entre nosotros. Estamos condenados a estar juntos. Y es que lo que hay entre nosotros es una relación simbiótica. Una de esas en las que las dos partes se benefician aunque pertenezcan a mundos diferentes. Como la anémona que da cobijo al pez payaso a cambio de aseo, o poniendo un ejemplo más familiar para todos, como el político que indulta al banquero a cambio de un puesto como asesor. Del mismo modo, también nosotros tenemos una relación de mutuo provecho. Aunque muchos diréis que recibo yo más de lo que doy, que yo sin él no sería nada. Pero ahora pregunto yo, y espero no ofenderlo cuando me lea. ¿Qué sería él sin mí? A pesar de la cantidad de historias que circula por ahí sobre nuestras ventajas, muchos no son conscientes todavía del bien que podemos proporcionar. Para empezar, ser portador de una barba te protege no sólo del frío, sino también de una multitud de enfermedades contagiosas. Hacemos función de mascarilla a la vez que ofrecemos abrigo. Y para muestra un dato irrefutable: más de la mitad de los enfermos de gripe no tienen barba. No creo que sea casualidad. Somos también un elemento antiestrés muy efectivo. Atusar una barba te ayuda a concentrarte y te relaja. Es más, la prestigiosa universidad de Hulland Ward, en base a unos recientes estudios (silenciados por el lobby de las infusiones sedantes) recomienda que todo adulto, hombre o mujer, duerma cerca de una. Sobre la ayuda que podemos facilitar en la vida silvestre hay que corregir y desmentir algunas cosas. Es verdad que siempre tenemos un pelo apuntando al norte y que nos erizamos cuando estamos cerca de una fuente de agua potable, pero hay que aclarar el asunto ese de que no puedes ser atacado por animales, que puede dar a pensar que los bichos vienen a ti a darte mimos. Pues no, lo siento, llevar barba no te convierte en Blancanieves. Está claro que si te cruzas con un tigre hambriento vas a tener una seria trifulca en la que no descarto poder servir también de ayuda. Pero por lo general, la virtud que ofrezco es otra. Imagina que vas por el monte y a tu espalda os descubre un jabalí. Lo que el jabalí va a pensar nada más verte es: "Oh, mierda, un humano! Debo expulsarlo de estas tierras". Pero entonces te darás la vuelta, te verá el rostro y se dirá a sí mismo: "Ah, vale, sólo es otro animal salvaje." Y entre gruñidos que únicamente entenderás si tienes pelo en la cara te espetará algo así como, "lo siento, tío, he estado a punto de atacarte." Puedo aumentar la presencia, el carisma y el atractivo de cualquiera. Sobre todo de esto último. Obviamente no llegué a conocer a mi compinche antes de que tuviera barba (¿Cuánto hace de eso? ¿Recuerdo el tacto de un chupete en mis primeros días? No, pero por ahí andaría), de modo que no puedo comparar su sexappeal de ahora con el de entonces. Pero os puedo convencer fácilmente de lo que os digo. Especilamente a vosotras. Cerrad los ojos e intentad mantener en la mente la imagen de ese tipo sin barba que os ha hecho gracia alguna vez, ese actor, cantante o desconocido del metro de mirada penetrante. ¿Ya lo tenéis? Vale, ahora ponedle pelo en el rostro. ¿Os lo imagináis? ¿Lo podéis ver? ¿Lo podéis sentir? ¿Lo tocáis? ¿Sentís el tacto del frondoso pelaje bajo la yema de los dedos? Bien, vale, lo que os acaba de pasar es normal. Ya os podéis cambiar de bragas. No se lo contaré a nadie. Y sintiéndolo mucho, con este último pensamiento os voy a dejar. Os contaría mucho más sobre nosotras pero no quiero despertar a mi socio, que lo he tenido todo el día talando robles y está agotado.

miércoles, 4 de junio de 2014

La triste historia de la mejor novela del mundo


 
- Hola, le llamo desde la Editorial Planeta. Es sobre el libro que nos mandó.

- Sí, dígame.

- Verá, le voy a hablar con total franqueza. Es lo mejor que he leído en mucho tiempo. Los personajes casi se pueden tocar por la forma en que los describe, es asombrosa. Su narrativa empieza fuerte y no decae en ningún momento. No sería capaz de cambiarle ni una coma, es perfecto palabra por palabra. Y el final... el final es sencillamente apoteósico.

- ¡Me alegra mucho oirle decir eso! ¿Entonces le ve éxito comercial?

- Por desgracia no.

- ¿Cómo?

- El problema es que la sociedad no es capaz de asimilar más escritores. Sois demasiados. Los lectores habituales prefieren leer otro maldito libro de Coelho que arriesgarse con un nuevo autor.

- ¿Tan mal lo ve?

- Mire, yo podría colocarle este libro en todas las librerías del país, y habrá gente que lo compre, lo lea y le guste. Pero sin un nombre o una campaña publicitaria cuyo coste la editorial no es capaz de asumir, es prácticamente imposible que la novela triunfe.

- Vaya... acaba usted de hundirme.

- Lo siento, pero este mundo es... espere, tengo una idea ¿Hasta qué punto quiere usted que su libro venda?

- ¿Pero qué pregunta es esa? A cualquier precio. Me gusta escribir y desearía poder ganarme la vida haciéndolo.

- Bien, verá, acabo de pensar en algo. Se dice que Stephen King escribió libros bajo un nombre falso para no colapsar el mercado. Con usted podríamos hacer justo lo contrario.

- ¿Y eso cómo es?

- Pues es, básicamente, sacar el libro bajo el nombre de un personaje popular que ya haya triunfado antes. Todo con su consentimiento, claro.

- ¿Nadie sabrá que soy el autor?

- No. O al menos hasta dentro de un tiempo. No recibirá el reconocimiento personal que se merece, pero piense en todos esos hogares que tendrán su novela en la mesita de noche. En cuanto al tema económico, dicho personaje cobrará un canon por utilizar su nombre, pero aun con todo, si la persona en cuestión es verdaderamente popular, quizá sí pueda ganarse la vida con esto.


El escritor terminó aceptando a regañadientes y el resultado fue mucho mejor de lo esperado. El libro se colocó pronto entre los más vendidos y pudo dejar su trabajo para empezar a escribir una segunda novela. Pero algo fallaba, por más que buscaba no encontraba ninguna crítica razonable sobre su libro. Todas las críticas estaban enfocadas más hacia el famoso de la portada que hacia la trama de su interior. De modo que decidió contactar de nuevo con la editorial para pedir explicaciones.

- No veo dónde está exactamente el problema. ¿Acaso no le da dinero?

- No es eso en absoluto, si se vende muy bien, pero me da la sensación de que nadie lo ha leído.

- Bueno, pero es que no se puede tener todo. Si lo que quiere es que la gente lo lea, debería haberlo puesto en internet para que se lo bajase gratuítamente quien quisiera.

- ¿Pero es que le parece normal que la gente compre libros para no leerlos?

- En este caso no me extraña tanto. Y no porque el libro no sea bueno, sino por el público al que ha ido dirigido. Pero pensé que lo importante de verdad era que el libro se vendiera. Hemos apuntado al sector más amplio de la sociedad actual y ha funcionado, no debería quejarse.

- Lo que pasa es que no veo por qué no pueden leer algo que ya han comprado...

- Es posible que hayan intentado hacerlo pero se hayan cansado al tercer párrafo. Por dios, ¿ha visto el personaje que le da nombre? alguien que conoce y admira a esa persona, no está acostombrado a leer libros.

El escritor colgó el teléfono sin despedirse. Frustrado, miró la portada del libro que aun tenía en la mano y empezó a asimilar el error que había cometido. Definitivamente, no debió publicar su primera novela como el último libro de Belén Esteban.

martes, 6 de mayo de 2014

Guía práctica para un día de elecciones.


Dentro de nada nos toca votar y cada vez que toca votar se plantea el dilema de qué hacer. Cada cual tomará una decisión y todas ellas son perfectamente respetables... No, en realidad no, de hecho ninguna de las decisiones es respetada por nadie. En serio, hagáis lo que hagáis siempre tendréis a alguien cerca para deciros que la habéis cagado. Pero ya que la vais a cagar, hacedlo con conocimiento. Por eso planteo aquí con toda la objetividad que me puedo permitir, las diversas opciones que tenéis, con los pros y los contras de cada una.


ABSTENCIÓN: Es, así a grandes rasgos, limpiarte el culo con tu derecho a voto.
  • Pros - No hay que andar.
  • Contras - No importa lo que quieras reivindicar con esta decisión porque a ojos de todo el mundo quedarás como un vago y punto. Cuantas más abstenciones hayan más estruendosas y malvadas serán las carcajadas de quien gane.
VOTO NULO: Meter billetes de monopoly en los sobres, manchar de heces de perro las papeletas, escribir consignas pegadizas o frases célebres de Gandi. Hay mil formas de votar nulo.
  • Pros - Agudiza el ingenio.
  • Contras - Como acto simbólico está muy bien pero a efectos prácticos es exactamente lo mismo que quedarse en casa. Pensadlo bien, ninguna democracia seria (ni la nuestra tampoco) se plantea contabilizar una rodaja de chorizo en unas elecciones.
VOTO EN BLANCO: Es tan fácil y soso como votar con un sobre vacío.
  • Pros - Ninguno.
  • Contras - Hay una razón por la que el voto en blanco no se cuenta como nulo y es que hace un favor enorme a los grandes partidos. Pensad en quién os recomendó votar en blanco y preguntadle quién se lo recomendó a él e intentad informaros sobre quien recomendó al recomendador de vuestro recomendador. Si llegáis hasta el final descubriréis que esta cadena de susurros al oído la inició Manuel Fraga en 1982 en una cafetería de Majadahonda para asegurarse de que PP y PSOE se quedaban solos. "Me han dicho que si no sabes a quién votar, lo mejor es votar en blanco con un sobre vacío. Que luego te mandan a casa ese mismo sobre pero lleno de caramelos de drácula." ¡MENTIRA! A diferencia del voto nulo y la abstención, el voto en blanco sí se cuenta como voto válido. Aunque en principio no va para nadie, ocupa un porcentaje en el recuento total y ese porcentaje se lo resta a todos los demás partidos. A los grandes les da igual, pero los pequeños deben llegar al 3% del voto para optar a un escaño. Si no lo hacen, todos sus votantes se joden y ven su voto sin representación alguna. Y como hay que ocupar todos los escaños, esos asientos se los reparten entre los que sí han llegado al 3%.
VOTAR A ESCAÑOS EN BLANCO: Se presentan como un partido pero no los son como tal, ya que no hacen propuesta alguna ni hacen nada. Sólo dejan su escaño vacío.
  • Pros - Aquel que esté votando en blanco posiblemente lo que busque sea esto. Si no te representa ningún partido vota al partido de los no representados. Es de cajón.
  • Contras - Queda feo eso de dejar un asiento vacío en el congreso. Si pusieran una jardinera o algo tendrían mi voto (es más barato de mantener un geranio que un diputado).
 VOTAR A PP O A PSOE: Sí, ya sabéis. Que si os tragáis las gilipolleces esas del voto útil o disfrutáis viendo a Rajoy y Rubalcaba representando canciones de Pimpinela sin música, esta es vuestra opción.
  • Pros - El partido al que votes va a ganar o va a quedar segundo. Lo cual está muy bien si no entiendes la diferencia entre un equipo de fútbol y un partido político. Puedes salir a celebrarlo y ponerte piripi.
  • Contras - Vas a sentir vergüenza tarde o temprano. Y lo sabes.
VOTAR A OTRO: Todo aquel que no sea PP o PSOE. Hay tantas opciones y tan variadas que es difícil que no te guste ninguna.
  • Pros - Forman parte de la oposición. Son la única barrera que impide que el presidente implante el derecho de carnada o mande construir una gigantesca pirámide de diamante para recordarlo. Cuanto más grande sea esa barrera más les costará ser unos malditos hijos de puta.
  • Contras - No van a ganar. Te pierdes la fiesta, aunque siempre puedes apuntarte a los festejos de quien gane, que con tus impuestos como mínimo habrán comprado papas. También es probable que en el partido que has votado se meta de estragis algún parásito corrupto pero no es razón para desanimarse, que nadie mata a su perro por tener pulgas. Un poco de fuego lo limpia todo.

martes, 8 de abril de 2014

El valor de un par de kiwis



- ¿Entonces entramos o no?

Maarten Goossens volvió a mirar abajo. El río se podía cruzar sin apenas dificultad pero al llegar a la otra orilla te topabas de golpe con una selva espesa y sofocante. Nada se veía ahí dentro, pues la vegetación se comía la luz del día.

- No lo sé, Jacky. No le veo sentido.

- Pero vamos a ver, ¿para qué hemos venido a estas tierras dejadas de la mano de dios?

- Sí, si sé que vamos a tener que meternos tarde o temprano, pero prefiero esperar al resto de la expedición.

- Si el rey Leopold te viera hablar así te expatriaba ya mismo.

- A mí no me jodas. El rey tampoco entraría ahí contigo.

- Ya veo... ¿Qué pasa? ¿Que no hay huevos?


Y estas últimas palabras activaron en el cerebro de Maarten un instinto primitivo más fuerte que el miedo. Era la necesidad imperiosa de demostrar mediante hazañas aparentemente superfluas que se es un macho de verdad. Habrá a quien le parezca una expresión sexista, quien piense que eso de combinar osadía y estupidez no es exclusivo de los que nacemos pegados a un pene. Yo no lo sé, no voy a meterme ahí. El caso es que, machista o no, existe la teoría de que gran parte de los descubrimientos realizados por la humanidad han venido precedidos por este tipo de provocaciones. Descubrimientos geográficos o científicos pero por encima de todo, descubrimientos gastronómicos. Desde el individuo que probó el kiwi convencido de que un enorme gorila se había dejado accidentalmente las pelotas colgando de un árbol, hasta el valiente idiota que se comió el primer yogurt (por dios, ese debía tenerlos bien gordos). Pensad, por ejemplo, en aquel que decidió hacer coliflor hervida. Te encuentras un vegetal que no es que sea para tirar cohetes pero se puede comer, que hasta te lo imaginas en una ensalada con tomate y aceite de oliva. Pero un día vas y te da por cocinarlo. Lo primero que debes pensar al oler la coliflor es que la has cagado, que se ha echado a perder y que lo más sensato es tirarla, volver sobre tus pasos y seguir comiéndotela cruda. Hace falta algo más que hambre para meterte eso en la boca por primera vez. Algo como una voz, en tu cabeza o fuera, que te diga 'no hay huevos'. O si no reflexionad sobre las setas. Gran parte de ellas son venenosas. El día que se juntaron todos para averiguar cuáles se podrían poner en una pizza y cuáles te mandan directo a la tumba, ¿cuántos tuvieron perecer entre viajes psicotrópicos? ¿De verdad se puede jugar a la ruleta rusa con la naturaleza sin plantar los cojones encima de la mesa y medirlos? Obviamente no.


Los exploradores Maarten Goossens y Jacques Voorhoof bajaron la ladera, cruzaron el río, se adentraron en aquella oscura selva congoleña y fueron devorados por una tribu autóctona. Además sus muertes no sirvieron absolutamente para nada ya que en aquellas tierras, a día de hoy, no se ha encontrado todavía nada digno de ser aprovechado. Pero no hay nada que reprocharles, aún así hicieron bien, porque gracias a esa necesidad que tenemos de evidenciar que nos siguen colgando los genitales, hoy podemos hacer la salsa roquefort con champiñones.